Condicional
domingo, 31 de mayo de 2009
Voy a poner mi mundo al revés para que todas las promesas que me hiciste y guardé en mis bolsillos se despeguen de mi vida. No quiero más promesas vacías de contenido y sentimiento. Ya no dejo que la palabrería derrumbe mi muralla.
Durante todo este tiempo has sido como un imán. Y he esperado cada noche que te enredaras (otra vez) entre mi cuerpo. Te encuentro entre las esquinas del silencio. Y tus manos ya no me pertenecen.
No vuelvas a prometerme el cielo cuando ni siquiera puedes regalarme un suspiro.
Me preguntas si te he querido alguna vez. Y mi silencio se anuda entre tus dientes. Pero sí, sí te quise. Comencé a comprender que te quería cuando me dijiste que ya no me necesitabas en tu vida. Las caricias nocturnas, los besos a destiempo, las risas contenidas, los susurros en el cine... aquello era la calma que precedía a la tormenta.
Sigo siendo esa cometa que intenta escaparse de tus manos, que se deja llevar por el viento. Yo no he nacido para estar atada a nadie. Al igual que un pájaro nunca debería estar en una jaula o un pez en una pecera.
Aquí me veo en este rincón, volviéndome a inventar. Y aunque ya no estés conmigo ni yo contigo, sé que no caminaré sola porque tu voz se ha convertido en lluvia que contesta a mis pensamientos cada vez que chocan contra los charcos.
¿Me invitas a un café? Caliente... y sin azúcar.
Y lo mejor de las pisadas sin ton ni son al corazón es que al final aprendes a sonreír a marchas forzadas y de forma simultanea.
Y pese a que no sabes lo que quieres, comienzas a comprender aquello que no deseas.
Y ya no veo tu cara al otro lado de la almohada. Ni siquiera me la imagino. Me muerdo las palabras para no explicar este huracán que me ha atropellado, de repente, en silencio. Me abandoné del todo, entre sueños de una carretera secundaria. Y eché sal a mis heridas cubriendo toda la piel de escamas que me dejaste. Ya no encuentras lunares. Ya no cuentas lunares. Tan sólo quedan restos de un naufragio que me dice que una vez fuiste mi estrella polar.
Me robaron la lluvia y el mes de abril. Me robaron el brillo de los ojos y la risa contagiosa. Y sólo me queda los rescoldos de mi memoria y las costuras de mi piel donde guardé cada una de tus palabras y cada uno de tus sollozos.
De repente los días se envuelven de un material nostálgico. ¿Se puede echar de menos algo que no conoces?. Ya no hay rastro de nosotros... Volveré a levantar un muro a mi alrededor y una reja con espinas entre mis sábanas. Y esperaré que el sol disipe esta niebla que no me deja ver más allá de mi nariz. De las lágrimas que esta noche no dejan de rodar.
Y la vida siguió. Como siguen las cosas que no tienen mucho sentido.
Posdata: te echaré de menos.
Me gustan los besos. Siempre me han gustado. Desde aquel primero que di, en el que no acertaba a dar con su boca (es lo que tienen las pasiones de los 12 años), hasta el último que he dado. Los besos a desconocidos me resultan como poco excitantes. Nunca sabes lo que te puedes encontrar.
Me gustan toda clase de besos. Los besos cariñosos, los de mentira, los de verdad, los que esconden lágrimas, los que esconden risas, los que se dan con los ojos, los que se escapan entre los dedos, los que me han dado en las clavículas, y en la espalda, y en los ojos. Me gustan los besos sonoros, los besos en silencio. Los besos con mi ciudad callada de fondo. Los besos en Madrid, los besos en Málaga, los besos en Sevilla, en Granada, en Barcelona y en Santiago. Los besos románticos, los apasionados, los que van precedidos de un misterioso bocado. Los besos de mariposas, los besos que te ponen la piel de gallina. Me gustan los besos de E, de C, de A. Los besos con sabor a chocolate, los fresquitos (después de pasarte el hielo por los labios... porque sabes que me gusta esa sensación de escalofrío). Los besos enlatados con las caricias que nunca me diste. Los besos que consigo guardar en mi cofre cardiovascular. Los besos que me hacen multimillonaria de sensaciones (y sentimientos). Los besos que me das. Los besos que te guardas. Los besos de saludos. Los de despedidas...
Hoy necesito tu beso. Y es el único que no puedo tener. Y te prometo que lo he buscado en el viento, en las caras de los extraños con los que me he cruzado, en mis manos (a veces se esconden entre los dedos), en letras sin sentido, en canciones absurdas, en mis sueños... Pero no lo he encontrado.
Y sentir que todo se marchita. Se ha vuelto a repetir esa sensación de vacío inmenso. El invierno florece por mi piel en lugar de la primavera. Los campos de amapolas y los almendros en flor han sido sustituidos por una casa fría y sin ventanas al exterior. Pero no sé de qué me sorprendo. Sabía que esto ocurriría. Pero esta vez ha sido demasiado pronto.
Esa sensación... como cuando esperas un móvil nuevo con todas tus ganas y al final no es lo que esperabas. O cuando hinchas un globo con todas tus fuerzas y de repente se explota. Cuando estás en la feria y un niño le insiste al padre hasta la saciedad que le compre un globo de helio con la cara de Pikachu... para que al final se le escape. Hasta el cielo. Hasta un lugar en el que ya no puede cogerlo.
Pero yo seguiré sonriendo y enamorándome del viento. Seguiré imaginándome historias en cada rincón de este mundo que no conozco. Pintaré de azul las ventanas de esa casa que no tengo. En aquel lago de Auckland. Me dejaré invitar por un desconocido a un café y me seguiré poniendo roja cuando me diga que tengo unos ojos bonitos. Seguiré midiendo el tiempo para que no se me escape entre los dedos. Con cada suspiro. Sí. Esto es la vida. Un ir y venir de pequeñas cosas.
Pero debería aprender a no encapricharme por cosas que no están a mi alcance.
Son las 7 de la mañana y mi ciudad está callada. Algunos madrugadores. Algunos trasnochadores. Son los restos de un viernes que terminó hace ya algunas horas. Me gusta conducir temprano. La carretera despierta para mí, sin nadie más. Y veo Sierra Nevada... y no puedo evitar pensar que estoy a una hora de darte un beso.
Recuerdos de la noche anterior pasean por mi mirada caleidoscípica. El efecto del ron continúa en mis venas. Esta noche te he sustituido por el alcohol. Pero he perdido con el cambio: él no me manda mensajes de amor, ni me llama. Y encima me he levantado con una resaca espantosa. Y estos recuerdos continúan de paseo.
Esta noche E me ha pedido prestado un lado de mi cama. Y que le devolviera mi corazón. Quería ser de nuevo mi playa. Y entonces el aire se volvió irrespirable. Él no contaba con que cumpliera mi amenaza: aprendí a olvidar. Le olvidé a él. Olvidé qué hizo que me enamorara.
Sin embargo, no olvido por qué me fui tan lejos de su cuerpo. Ni el ron ha conseguido que lo olvide. Pero el resto continúa estando en aquella costura de mi cuerpo que sólo yo conozco y sólo yo puedo descoser si quiero que los sentimientos se me peguen en la piel. Como estos lunares que tiempo atrás contabas por las noches, como si fueran ovejas. Para conciliar el sueño.
Lo he olvidado todo. Y empiezo a recordar cosas nuevas. Recuerdo tu voz nocturna en un susurro. Tu risa cuando escuchas mi acento andaluz. Nuestros viajes astrales con la mente.
Te recuerdo a ti.
Siempre he dicho que a mí me hace daño quien puede, no quien quiere. Y quienes pueden hacerme daño son aquellos a los que adoro... a los que quiero de verdad.
Debo quererte demasiado porque ayer me hiciste mucho daño.
Ya no soy ese punto suspensivo que te seguía a todas partes.
Pero sigues siendo fruto de mi mirada. Como sigo sintiendo este abrazo que desea ser tuyo. Que me quema. Sigo teniendo la necesidad de estirar tu sonrisa hasta el infinito, para que no desaparezca (recuerda que el brillo de tus dientes ha sido mi luz en una oscuridad que parecía casi infinita). Tal vez este haya sido mi error... nunca debí perder la cabeza por ti.
Yo era feliz sin creer en yfueronfelicesycomieronperdices. Yo era feliz siendo la chica que buscaba la cana al aire. No quería ser primer plato, ni segundo. Yo elegía mi menú. No quiero ser la dulce y tierna historia de amor. Pero sí que necesito ser la niña de tus ojos...
Y me hubiera gustado decirte que todo terminara un beso. Y después de ese beso, quizás te daría otro. Y sin embargo aquí me veo, escribiendo mensajes entre líneas porque me falta valor para decirte que te quedes a mi lado.
Los domingos me traen los sinsabores de los pensamientos de comienzo de semana.
El nudo en el estómago ante el nuevo abismo del pasar de los días.
El aburrimiento de las tiendas cerradas, las calles con sitio donde aparcar, las parejas agarradas de la mano.
Domingo de lectura, de canciones absurdas, de ordenar apuntes y de pensar una y otra vez en todo lo que tengo que hacer... pero sin hacer nada. Tengo que estudiar Marketing y Estudios de mercado. Y también debería estudiar la manera más fácil y rápida de marcharme de esta ciudad. Auckland suena cada vez más fuerte en mi cabeza y en mis venas.
Ocurre a veces que te despiertas con una extraña sensación. Miro el calendario. Sí, vuelve a ser domingo. Pero una sonrisa tonta asoma en las comisuras de mis labios. Mis ojos brillan más que de costumbre. No hay nadie en casa. Me voy al bote de las galletas y cojo una. Hoy la ciudad está cálida, como yo.
Aquella historia de la muñeca que de repente necesitaba una pila para andar, ha perdido sentido. Todo el sentido.
Se marcharon las mariposas, la necesidad de sentir cerca lo desconocido, el dejarse llevar, nuestros castillos de arena en el aire, las palabras que sólo dos personas del mundo podrían entender. Por irse, se ha ido hasta el miedo que llamaba a mi puerta cada segundo.
¿Tiene sentido que me llamen octubre si ya no hablo de ti?
El verano (el buen tiempo en general) siempre viene cargado de buenos pensamientos y deseos. Este verano volveré a tener 15 años. Volveré a tumbarme en el borde de la piscina (los pies dentro… sintiendo el agua fría) y esperaré a que pasen estrellas fugaces. Se me olvidará pedir el deseo cuando la vea (estaré entretenida pensando en ese chico del cine que me cogió de la mano). Los amores de verano son tan verdaderos como fugaces. Sí. Como esas estrellas de las que tanto te hablo. Por favor, ¿me da un helado de chocolate blanco?
Pero lo bueno de los veranos adultos son las noches de calor en los bares del centro. Sí. El sexo no se disfruta igual con 15 que con 23. Iré a esa fiesta de máscaras y me enamoraré del chico moreno de máscara azul. No sé su nombre. Ni siquiera el tono de su voz. Sin embargo me he metido en el baño para follar con él. Ahora puedo intuir el tono de su voz por sus jadeos. Me gusta. Y me pone.
Me gustan los paseos solitarios por la playa. Incluso en verano. Pero a horas en las que ya sólo quedan algunos rezagados que se niegan a volver a casa. Y tomar el sol. Mucho sol. Todo el sol.
Este verano volveré a tener 15 años para sentir que el universo se concentra en mi acompañante en la búsqueda de estrellas fugaces. Pero también 23, para echar un polvo con tanta pasión que parezca que es el último de mi vida. Con un desconocido.
Hasta los huevos.
Hasta los huevos de palabras malintencionadas, de momentos malinterpretados, de situaciones absurdas y de que tiren mi corazón a la puta basura. Y sí, hablo mal. Pero cuando las palabras sales de la rabia del corazón, todo está permitido. Y suena mejor. Puta basura.
¿Qué tengo que hacer? ¿Cómo debo actuar? Y no, no me digas que tengo que ser yo, ni más ni menos, porque tanto tú como yo sabemos que siendo así terminas agobiándote. Se acabarán las palabras bonitas, los ronroneos, los besos nocturnos, las bromas que sólo dos mentes como las nuestras podrían entender... ¿Quieres eso?
Yo no. Pero hoy estoy hasta los huevos.
Nuestra historia es demasiado bonita como para que no acabara en cientos de kilómetros de distancia entre nosotros...
Se habla tantas veces del final que ya apenas duele...
Quiero contarte historias al oído. Dejarte trozos de mí en cada rescoldo de tu cuerppo. Para que no me olvides. Escribir un mensaje secreto en el espejo que sólo se pueda ver con el vapor del agua. Sin haberte mirado aún a los ojos, sé que cuando lo haga sobrarán las palabras... tendremos un idioma común y el silencio no será un estorbo sino un aliado. Porque tú y yo somos dos ángulos complementarios.
Sé que algún día no veré pasar trenes de cercanía delante de mis narices... sin poder coger ninguno con destino a tu cama. Sé esto al igual que sé que te dibujaré una sonrisa cada mañana. Y cuidaré de ti para que no desaparezca nunca (y si para ello tengo que hablar por teléono con cada miembro de tu familia y con cada uno de tus amigos, créeme que lo haré).
Y no puedo dejar de imaginar(nos) en algún lugar (el que sea). Tomándonos un coca-cola en una terracita donde nos de el sol. Hablando de todo y de nada. De publicidad y de fotografía, por supuesto. Te repetiré hasta la saciedad (o hasta que te lo creas) cuánto vales. Te pediré que me hagas un dibujo en la servilleta. Y seguro que será una chorradilla... pero sería mi chorradilla.
No te imaginas cuánto deseo dejar de escribir y pensar en futuro. Necesito dejar de imaginar y vivirlo en directo. Quiero un presente contigo. Y si las estrellas pudieran concederme un deseo sin duda sería que el viento me llevara hoy a tu lado.
Eres como volver al año 2003. Como aprender a volar. Como ser capaz de coger el próximo avión a ninguna parte y perderme de esta ciudad. Como que mañana me llegue una carta desde Madrid. Como ese globo de helio que se me escapó en la feria de colores. Como si fuera capaz de quitarle el caramelo a aquel niño. Como que alguien me regale un gato y me lo pueda quedar. Como una estrella fugaz que mis dedos intentan atrapar. Como margaritas que siempre dicen sí. Como ese punto al que, aunque me ponga de puntillas, nunca llegaré. Como aquel regalo que pedí por mi cumpleaños y nunca vino. Como ese libro que nunca escribiré o ese árbol que no veré crecer. Como raparme el pelo. Como mirarte y no echarme a temblar...
Imposible. Improbable. Impenetrable.
Algo se ha roto. Y eso lo notas no por el sonido de tu corazón pisoteado por ti misma. Eso lo notas en el ambiente, en las horas vacías, en las miradas tristes, en los temblores de labios a causa de las lágrimas contenidas, en los presentimientos de las tardes de domingo. Sí, algo se ha roto.
Tal vez se haya roto el brillo de mi mirada cuando pensaba en ti. O mis pensamientos veraniegos. O mis ganas de hacerte cosquillas con las pestañas. Tal vez se haya roto la distancia descomunal que nos separaba, haciéndose más grande aún.
Hoy me he hecho un nudo en los tacones y me he caído cada vez que intentaba levantarme. Sin embargo, el nudo de mis manos... ese que hice en señal de esperanza, alegría o ilusión, se ha deshecho... hay que ver lo que cuestan hacer algunas cosas y lo fácil que es deshacerlo...
Si tuviera el valor suficiente, me cortaba el pelo y cogía el primer avión hacia Laponia. Viviría en una cabaña, justo en el límite del Círculo Polar. Pero sin esperar a nadie. Ni siquiera a la casualidad de mi vida.
Sí, algo se ha roto. Y no, no soy valiente.
- Me llamo Olga.
- Encantado Olga. Yo soy Luis.
- Me habría gustado conocerte en unas circunstancias diferentes. Pero hace tiempo que comencé a pensar que las circunstancias nos escogían. Nosotros no somos capaz de tejer ese entramado.
- Tal vez tengas razón. Tal vez no. ¿A qué te dedicas, Olga?
- Soy fabricante de sonrisas. Llevo el sector centro de Madrid. Tengo otros tres compañeros en la Comunidad. Sergio lleva la zona norte (Majadahonda, la zona de la sierra...). Rocío lleva toda la zona sur (Móstoles, Fuenlabrada, Alcorcón...). Y Jaime y yo llevamos toda la capital. Desde el barrio de Lavapiés hasta la T4. Todo el centro.
- Ya... he oído hablar de vosotros. Pero, ¿una sonrisa se puede fabricar? Si se fabrica, ¿no pierde toda la frescura y la espontaneidad?
- Para nada. Las sonrisas espontáneas siempre existirán. Ahí nosotros no intervenimos. Nosotros lo que hacemos es provocar sonrisas cuando las personas comienzan a sentir que no hay un motivo en el mundo para enarcar los labios.
- ¿Cómo podéis saber cuándo llega ese momento?
- Todo es química... cuando nacemos nos implantan un chip. Ese chip nos aliza las 24 horas del día. Gracias a eso, sabemos cuándo faltan endorfinas por un motivo físico y contrastable o por un motivo psicológico. Cuando es por lo segundo, intervenimos. Somos sanadores del alma.
- Y luego dicen que la magia no existe... En alguna ocasión os he echado en falta... Ha habido veces en las que me ha costado levantarme de la cama. Así que imagínate cómo me costaba sonreír.
- Ya. Pero... ¿ahora cómo estás?
- ¡Genial! Veo un motivo para sonreír en cada rincón. Es formidable.
- Entonces... ¿cómo estás tan seguro de que nosotros no te ayudamos a salir de aquél pozo?
- Hmmm...
- Antes has dicho la palabra clave: magia. Siempre llevamos un maletín a cuestas. En ese maletín guardamos de todo: una canción antigua que trae buenos recuerdos, un olor de la niñez, un sueño hecho realidad, una antigua meta sin cumplir, un billete de ida, un número de la suerte, una foto en blanco y negro, una cita sorpresa, un encuentro inesperado... Cualquier cosa que puedas imaginar lo tenemos en nuestro maletín.
Se hizo el silencio. Silencio que no tardó en romperse cuando los motores del ascensor comenzaron a rugir en señal de que alguien lo había arreglado por fin. En la séptima planta, Olga se bajó.
- Ha sido un placer coincidir contigo, Luis.
- Lo mismo te digo, Olga.
- Ah, saluda a Susana de mi parte.
Las puertas del ascensor se cerraron y se dispuso a subir hasta la décima segunda planta. Luis se quedó perplejo. Susana... Algunos meses antes, Luis no encontraba ninguna luz en su camino. Estaba completamente perdido. Hasta que un día de intensa lluvia en Madrid, una extraña se coló en el taxi donde él iba.
- Perdona, está lloviendo muchísimo y no encuentro ningún taxi libre. ¿Te importa que me suba contigo?
- No... para nada. Disculpe caballero, llévenos donde diga la señorita...
- Susana. Me llamo Susana.
- Me encanta tu nombre. Yo soy Luis.
Aquel día, Susana salió del maletín de Olga.
Me siento tonta. Tonta porque cuando me he despertado he estirado el brazo para tocarte. Y no, no estabas (1000 km de distancia se triplica cuando se está hablando de temas de cama). Y me he sentido absurda... y he respirado tan fuerte que casi he roto el aire (como en esa canción que últimamente suena tanto entre mis cuatro paredes).
¿Dónde está esa muñeca que no necesitaba ni de pilas ni de baterías para caminar sola? De repente sí que necesito una pila. Miro el teléfono cada cinco minutos. Y no tengo noticias tuyas. Y cuando las tengo, el corazón se me sale del pecho... ¿Qué me está pasando?
Siento celos hasta del aire que respiras...

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Palabras.
Fotografía: http://www.flickr.com/photos/pluscuaimperfecta/2592968166/
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