La primera vez que estuve en Madrid fue cuando tenía 11 años. Cuando nos volvíamos en coche después de un fin de semana estupendo, le dije a mi padre "papá, algún día viviré aquí". Me sonrió y respondió: "lo sé". Han sido varias veces las que he querido venirme. Pero no ha sido hasta ahora, 14 años después de aquella primera vez, cuando por fin me he decidido a dar el salto.
Me gusta el metro. Me encanta imaginarme las historias de todas esas personas a las que miro e ignoran que lo hago (o lo saben pero les da igual).
Me encanta sentirme pequeña, muy pequeña, bajo todos esos edificios gigantes.
Me gusta seguir descubriendo cosas nuevas pese a conocer ya tan bien esta ciudad.
Me gusta que aquí el vaho sea de verdad.
Me gusta tener tantas cosas que hacer, tantos proyectos, tantas ideas... que no sepa por dónde empezar.
Me gusta ser una desconocida absoluta.
Me gusta el café del Starbucks.
Me encanta salir cualquier día entre semana y que siempre haya algo que hacer.
Adoro esta sensación que me transmite Madrid de "todo va a salir bien".
Me gusta ver a la gente con bufanda, abrigos, guantes... porque aquí sí es invierno.
Me gusta sentir que no me quiero ir de esta ciudad.
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