Me regaló una sonrisa de medio lado y fue motivo suficiente para introducirme en su boca. No acostumbro a llevarme a los tíos con los que me acuesto a mi casa, así que fuimos, como si de una película de serie B se tratara, a un motel de carretera. Y como en toda película de serie B, el motel no podía ser más mugriento. En otras circunstancias aquello me habría repugnado, pero en esa ocasión me sentía más cachonda que nunca. Aquella era mi noche y era mi película de serie B. Yo era la protagonista y exigía un polvo que hiciera retumbar los cimientos de aquel motel (que viendo las instalaciones no era muy difícil conseguirlo).
Como si fuera nuestro último día en el mundo, nos besamos con tanta fuerza y tanta pasión que creo que llegué a sangrar. Me besó y le besé en sitios tan escondidos que ni yo misma sabía que teníamos. Los botones de su camisa salieron disparados cuando se la rompí para quitársela. Lo empujé hacia la cama y me puse encima de él. Repito: era mi película, mi polvo, y ahí mandaba yo. Al menos, de momento…
Empecé a besarle. Primero la boca, luego la oreja, luego el cuello, luego el pecho, luego el ombligo… y le hice una mamada que ni él ni yo olvidaremos. De repente me cogió y me tumbó en la mesa pequeña que había en mitad de la habitación (¿qué hacía aquella mesa allí) con bastante violencia. Se comió hasta mi alma dando paso al primer orgasmo. Cuando quedó satisfecho, me empujó contra la pared y empezamos a follar. Sí, aquello no era hacer el amor. Aquello era follar, así sin más. De la pared nos fuimos a la cama, de la cama al suelo, del suelo al baño. Nos faltaba sitio. Ahí estaba yo, cabalgando encima de un extraño que se había metido en mí. Y de qué manera…
Así pasamos la noche. Follando. Cuando dijimos que ya habíamos tenido bastante, nos quedamos dormidos en aquella cama empapada por nuestro sudor. No suelo quedarme a dormir después de un polvo de esa clase. Pero el alcohol y el cansancio no me permitieron irme a casa. Eran las cinco de la mañana y en la oficina me esperaban a las 9.
A las 8 empezaron a entrar los primeros rayos de luz que me despertaron. Me di una ducha y me vestí igual que la noche anterior. Pasaré por casa para cambiarme de ropa antes de ir a currar, pensé. Cuando estuve a punto de irme, él se desperó.
- Buenos días.
- Buenos días.
- ¿Te marchas ya?
- Sí, entro a trabajar dentro de media hora y tengo que pasarme por casa.
- ¿Quién trabaja un sábado por la mañana?
- Alguien como yo que tiene una cita con un cliente.
- Bueno, pues espero que te vaya bien. Y espero volver a verte.
- …
- Hasta pronto.
- Hasta pronto.
Llegué al trabajo casi media hora tarde. Cuando llegué a la oficina, el cliente estaba esperándome en mi despacho. Entré con bastantes prisas y apenas me fijé en él. Cuando le estreché la mano me volvió a regalar su media sonrisa. Y de repente recordé cómo la noche anterior se comió hasta mi alma. Y yo la suya.
A mi derecha alguien había traído la nueva mesa de Ikea que encargué la semana anterior.
Fin.
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